Una historia casi real (3)

“La concatenación estoica y la vinculación hiperbólica en relación con los estructicios plásticos y siderales que depauperan jámbricamente las ferulencias etruscas, es un congregado de sinuosidades graníticas y glucosas que acerulan las discreciones patronímicas y celulares. Ahora bien, pretender reficcionar la sinderesis atribulacia, equivale a sumergir el paroxismo de la capacidad retardatoria en el desarrollo irracional del termo. Es decir, que si juntásemos el centrifucio becífero y calcáreo que acimbora premáuticamente las ferulencias etruscas, obtendríamos un resultado funiculoso, que acabaría por rezongar los más apartados vértices del setentrión acuático, otorrinolaringoscópico, metistofélico y apocalíptico”.
Este texto se lo aprendió de memoria Antonia en menos de una hora cuando contaba con 7 u 8 años. Eran los retos que le proponía su padre, consciente de la gran memoria e inteligencia de la hija; para luego presumir con sus invitados en los saraos que organizaba en su restaurante… el más importante de la pequeña ciudad.
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Antonia se convirtió en una mujer muy hermosa físicamente. Pero su principal belleza consistía en la pureza de su espíritu, la alegría que irradiaba toda ella, su bondad, su inteligencia y sobre todo en que poseía una inocencia inusual… nunca veía maldad en nada de lo que la rodeaba.
Salía todas las tardes con sus dos amigas del alma Celia y Chiruca -a las que adoraba como si fueran hermanas- a pasear por el Cantón de la Plaza cuando, en uno de estos paseos se les acercó un apuesto joven al que conocían de vista y del que se comentaba en la pequeña ciudad que se trataba de un artista muy bohemio que estaba triunfando con la pintura en Madrid.
Entre risitas, las tres amigas escucharon lo que el pintor le decía a Antonia:
- Me pareces preciosa. Me gustaría pintarte un retrato. ¿qué me contestas?
Ruborizada, Antonia sólo se atrevió a balbucear:
- Pues… no sé. Tengo que preguntárselo a mi padre…
A la hora de la cena con sus cinco hermanos, sus padres y la tía Balbina, la joven comentó la proposición que el pintor le había hecho aquella tarde. Don José que normalmente se dejaba camelar por la dulzura y zalamería de su hija, esta vez montó en cólera y gritó:
- Pero ¿tú sabes lo que me estás pidiendo? ¿no te das cuenta que estos artistas de pacotilla pueden pintar tu cara y después añadir un cuerpo desnudo o lo que les de la real gana? ¡Dile a ese pintor de brocha gorda que si tiene ganas, puede venir a pintar la fachada de nuestra casa de San Fernado, que le hace buena falta!
Antonia con lágrimas en los ojos terminó su cena y pidió permiso para acostarse.
Su padre entró a arroparla y darle el beso de buenas noches diciéndole:
- Eres una chica preciosa en todos los sentidos. La fotógrafa Mary Quintero lleva días pidiéndome que le deje fotografiarte. Mañana le diré que puede hacerlo… sería una pena que no quedara constancia en este mundo de algo tan hermoso y dulce como tú. Duerme bien, hija…

Una historia casi real (2)

No tendría Antonia más de 5 ó 6 años cuando convenció a una vecinita de su edad para subir a jugar a un solitario vagón estacionado en una vía muerta de la estación de San Clodio. Antonia era la que haría de maquinista –como no- para viajar a todos esos lugares que ella imaginaba a diario, de una manera tan intensa que casi no discernía si en realidad los había visitado o no.

De repente un fuerte traqueteo acompañado de un gran estruendo balanceó el vagón de tal manera que despertó del ensimismamiento a las niñas e hizo que se acurrucaran en una esquina de este, inmovilizándolas de tal manera que no gurgutaron hasta su llegada a la estación de Monforte, donde el Jefe reconoció a Antonia como la hija de su colega de la estación de San Clodio e hizo la pertinente llamada para que las fueran a rescatar…

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Y entre anécdotas como esta transcurrió la vida de este ser especial. Sus padres nunca la castigaron… Para eso ya estaba la tía Balbina, que la perseguía con la escoba para hacerle entender como tenía que ser el comportamiento de una “señorita”. En una de estas, Antonia y su hermana pequeña -María Luisa- se escondieron bajo una mesa camilla. Antonia se encargó de colocarse detrás de su hermana. Mientras la tía blandía su escoba a tientas cayéndole todos los escobazos a la pequeña de las niñas, Antonia gritaba “¡Ay!” a cada golpe que recibía su hermana. Y cuando la tía Balbina consideraba finalizada la faena, las niñas salían de su escondrijo y la señora aún le propinaba el último sopapo a María Luisa, diciendo: – ¡Y esto para ti, que no recibiste nada!

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Ya más mayorcita -con 9 ó 10 años- Antonia salió un día de su casa en la calle San Fernando de Lugo. Había quedado con unas amigas para pasear por la Plaza Mayor y la calle de la Reina –como se hacía en aquella época- y después sentarse a merendar en una de las terrazas de la Plaza. Era sábado y, como todos los sábados su padre le había dado un duro.

Antonia tenía la costumbre de salir un poco antes de la hora acordada y hacer una visita en la Catedral, al San Antonio ubicado a la izquierda según se entra por la puerta orientada a la Plaza de Santa María. Desde pequeña y seguramente por su fecha de nacimiento, era muy devota a este Santo conocido por su debilidad por los animales, especialmente los cerdos.

Estando la niña arrodillada pidiendo por sus preocupaciones, le pareció ver como San Antonio movía sus labios y le decía:

Antonia… dame las cinco pesetas, Antonia dame las cinco pesetas…Antonia… dame las cinco pesetas…

Desconcertada, Antonia se levantó y salió apresurada del templo, pero llegando a la plaza donde había quedado con sus amigas, los remordimientos empezaron a torturarla y no tuvo más remedio que volver junto al Santo y comprobar que este seguía empecinado con la petición. Seguía con el movimiento de labios diciendo claramente:

Antonia… dame las cinco pesetas, Antonia dame las cinco pesetas…

No habiendo ya duda de la realidad, sacó el duro y lo introdujo en el cepillo para a continuación coger el camino de vuelta a casa… la merienda se había ido al traste…

Su padre sorprendido al verla llegar tan temprano, le preguntó:

¿qué pasó Toñi? ¿Cómo es que regresas ya?

La niña contestó:

San Antonio me pidió el duro que llevaba, y se lo he dado… y por cierto… en el portal hay un cerdo que cojea de una pata.

Don José bajó hasta el portal y allí vio el animal del que le había hablado su hija. Muy sorprendido, metió al animal en la carbonera y le puso de comer y beber, dirigiéndose a continuación a la Iglesia de San Froilán –próxima a su edificio- para comunicar el hallazgo al párroco y que este lo anunciara en los oficios por si tuviera dueño en el barrio… dueño que nunca apareció… cosa normal ya que no había ninguna cochiquera en el entorno…

Durante algún tiempo Don José, cada vez que su hija salía de casa bromeaba con ella y le decía:

¿Vas a visitar a San Antonio? Pues toma… ¡llévale cinco duros!

 

Nueva vida… Nuevas paredes

Pared estacional…

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Una historia casi real

Todo empezó el día en que nació… el 13 de junio de 1928. De ahí su nombre, Antonia. Cinco kilos y medio de imaginación y los dos incisivos inferiores fuera, obligaron a su madre a tener que ir al hospital a buscar ayuda para que la “desatascaran”. Cuarto retoño, ayudado a salir “do alén” gracias a una ventosa, para conocer esta realidad y a convivir con una serie de huecos en el cráneo que la dejaron marcada para siempre… como un ser “especial”…
Antonia no era una hija deseada, más bien fue un despiste; con todo, sus padres siempre la quisieron y la trataron como “algo” distinto. Daría lo mismo que llegara a ser una princesa virtuosa del piano o, una culta mujer universitaria… siempre sería una persona segura de si misma y, lo importante sería la “marca” que dejaría en este mundo. El “don de gentes” fue claro desde el principio, y sus progenitores no iban a sucumbir al capricho de aquellos tíos millonarios que no concibieran hijos cuando debieran, y ahora se empeñaban en adueñarse de Antonia alegando que con ellos la niña viviría mucho mejor que rodeada por otros tres mocosos ávidos de necesidades y, con unos padres faltos de recursos para mantener tamaña prole.
Y así la niña empezó la vida, no sin que su madre siguiera pariendo, en parte por falta de medios y en parte por sus creencias religiosas…
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La infancia de Antonia transcurrió desde su nacimiento en San Clodio de Ribas de Sil, en este pueblo encantador; unos cuantos años en Madrid para instalarse definitivamente en la capital de la provincia de Lugo. Su padre Don José, desarrolló actividad ferroviaria como jefe de estación en las de San Clodio, Estación del Norte -Madrid- y Lugo, hasta que el Régimen prescindió de sus servicios a raíz de esa manía que tenía de defender, ayudar y esconder en su propia casa a “los que querían matar por envidia” según me contó la propia Antonia.
No falto de recursos derivados de su cerebro y de su intuición, Don José fue abriendo en la ciudad una serie de negocios relacionados con la hostelería y otro que, siempre me dio que pensar sobre la manera en como consiguió la licencia de apertura: una agencia de reclamaciones a RENFE -la antigua empresa del susodicho- que, funcionó viento en popa mientras él vivió…
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En aquella época la Estación de San Clodio era una de las más importantes y activas de la provincia. Trabajaban en ella un centenar de personas.
Cuando a Don José lo destinaron como jefe a esta estación, él y Doña Aurora –que tenían tres hijos- viajaron todos juntos en tren desde Madrid, donde dejaba la jefatura de la Estación del Norte.
A la altura de la estación de Montefurado, -ya llegando a su destino- un hombre desconocido entró en el compartimento de la familia Rodríguez y sentenció: – Don José, no se baje en la Estación de San Clodio. Hágalo en la de Puebla de Brollón o la de Monforte. En San Clodio una gente lo espera para “pasearlo”.
Durante el resto de sus vidas Batanero –el hombre del tren- y Don José serían grandes amigos.

CONTINUARÁ…

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Cine Imperial

2014-02-18 12.41.13 Cuando en el centro de Lugo ya no disfrutamos de ninguna de las 8 salas que llegaron a coexistir en su momento, en la pequeña localidad de A Ramallosa, el Cine Imperial abre sus puertas al público desde el año 1948; ahora regentado por la hija del fundador que como a mí, le apasiona el cine francés.

La sala en desnivel con su patio de butacas tapizadas en rojo-granate, su “gallinero” y cabina de proyección te transportan a los tiempos mágicos en los que ir al cine se programaba con antelación y se discutía en familia qué pelicula ver.

Agradezco la existencia de este superviviente que me da esos momentos de placer en la nueva etapa que me toca vivir… y cuando voy, me siento acompañada por la persona con la que varias veces asistí al Cine Imperial… mi madre.

El cesto de Valentina

El mar y yo sintonizamos estupendamente… nunca dejan de sorprenderme sus regalos. Los últimos temporales, arrastraron de sus entrañas cantidades increibles de restos de seres marinos, pudiéndolos hallar en casi cualquier playa; desde la que habitualmente es muy tranquila y en el verano solo vemos arena, hasta la que pueda parecer  más artificial…

Diez minutos se retrasó ayer la persona que esperaba en Samil. Fueron suficientes para que sin casi moverme del lugar acordado, llenara los bolsillos de mi abrigo con esto:

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¡Qué preciosidad, dios!

Estoy haciéndole el “primer cesto de los tesoros” a Valentina, la pequeña de la familia. Tenía claro que, aparte de los objetos cotidianos que supuestamente ayudarán a desarrollar la motricidad fina de la peque, el cesto habría de llevar también alguna de las maravillas que le robo al bosque de vez en cuando. Ahora tengo claro que llevará también regalos del mar. Va a ser el cesto más bonito que pueda tener una niña… y por supuesto no tendrá nada que ver con el que Shakira le compró a su hijo Milán…

De momento… reduciendo

¿Qué se piensan? ¿qué no lo se? Hartita estoy de los comentarios…
De la burra vas cayendo tú solita. Para nada con esa conspiración general contra mi vicio y corrupción. Con lo cabezona que soy, probablemente eso haya hecho que se retrasara tanto mi plan…
Hace bastantes años, por el empecinamiento de una gran amiga -Mari- marché con Galván -tratante de ganado, de profesión- camino de Madrid. Nos acompañaban la propia Mari y su marido Luis. Mi amiga, me dijo un mes de octubre que tenía cita en enero con el fenómeno madrileño que me iba a quitar tremendo vicio. Por mi parte lo único que tenía que hacer era dejar de fumar 24 horas antes de la hora de consulta y llevar 20.000 pesetas preparadas para pagar el favor… el resto corría por cuenta del fenómeno…
El sacrificio lo hacía yo solita… hoy lo comprendo!… 20.000 del ala me tendrían que haber pagado a mi…. si lo hubiera conseguido, claro…
Viajamos de noche -sin fumar-. Llegamos a la consulta donde nos esperaba mi familia madrileña -Montoya no, pero parecido- y otro hombre malagueño con su mujer que iban a lo mismito… ¡Como se mordía las uñas el andaluz! Claro, 24 horas sin encender un cigarro…
Me llaman y entro a la consulta. Me fijo en la cantidad de diplomas colgados en la pared y soy yo la primera que hablo:
- Doctor, ¿me puede explicar en que consiste la técnica que me va a aplicar para dejar de fumar?
Contestación:
– Mira chica, es complicado… porque la ciencia es difícil de explicar a un ciudadano de “a pie”…
Yo:
– Hombre, a mi padre le acaba de dar un infarto… y el médico, con un dibujito de tuberías como las del agua… me hizo entender perfectamente que pasaba con el sistema circulatorio de mi padre…
Médico?:
– Mira, mi técnica es como la Mecánica Cuántica… ¿Cómo se explica?
Yo:
– Pués ¿sabe usted?… yo creo que sería capaz de explicar la ecuación de Schrödinger de manera, que la entendieran mis hijos de 6 y 8 años… Mire doctor, sé que tengo que cerrar los ojos y quiero asegurarme de que no me va a meter una descarga en el cerebelo con la que no vuelva a fumar en mi vida!!!
Pensé que el fenómeno iba a encender un cigarrillo!!! Practicamente se subió a la mesa!! Respiró y me dijo lentamente:
– Hay un 2% de personas a las que no les funciona mi tratamiento… déjame ver….
Se levantó, vino hacia mi, me agarró la muñeca y me largó:
– ¡Tú eres una de ellas!
Yo, no daba crédito. Sin dormir en toda la noche, conduciendo 500 km, y ¡sin fumar!!! Me armé de valor y fuí capaz de decir:
– Pero ¿cómo? ¿no voy a descalzarme y con los calcetines puestos me subo a la camilla por el lado izquierdo? Luego me tumbo, cierro los ojos, me agarra el pulso y me dice el pronóstico… ¿no es así?
Por un momentito pensé que me iba a zurrar, pero se serenó y dijo:
– Hazlo!
En 30 segundos realizamos el protocolo para concluir con su imperativo:
– ¡¡¡Lárgate y no vuelvas por aquí!!!!
Me calcé y salí como un foguete. Al abrir la puerta, me encontré a todos mis acompañantes con la oreja pegada a ella… Volvimos a la sala de espera y llamaron a Galván.
Dos minutos y se le comunicó que él también estaba en ese 2% a los que el tratamiento no funcionaba…
De vuelta a Baralla no fumamos -aún tardamos unos días en volver a hacerlo-, silencio total; solo recuerdo a Mari reprochándome de vez en cuando: -Mira que che dixen que falaras o menos posible e que confiaras no médico. Vaia vergoña cando se enteren os de Becerreá. A todos lle funcionou!!
Dejé a mis pasajeros en Becerreá y seguí sola hasta Baralla. Abriendo la puerta sonaba el teléfono: – ¿Amparo? Son Galván. Non dixen nada na viaxe, pero quería decirche que a miña consulta foi da seguinte maneira:
– Ola
– Hola. ¿De dónde viene?
– De Lugo.
– ¿Con la gallega? Hagan el favor de marcharse de aquí los dos. No vuelvan y no se les ocurra contarle nada a la enfermera de la entrada…
Hoy me cuentan que Galván, está luchando contra un terrible cáncer de colon…

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