Archive for 16 abril 2014

Una historia casi real (3)

“La concatenación estoica y la vinculación hiperbólica en relación con los estructicios plásticos y siderales que depauperan jámbricamente las ferulencias etruscas, es un congregado de sinuosidades graníticas y glucosas que acerulan las discreciones patronímicas y celulares. Ahora bien, pretender reficcionar la sinderesis atribulacia, equivale a sumergir el paroxismo de la capacidad retardatoria en el desarrollo irracional del termo. Es decir, que si juntásemos el centrifucio becífero y calcáreo que acimbora premáuticamente las ferulencias etruscas, obtendríamos un resultado funiculoso, que acabaría por rezongar los más apartados vértices del setentrión acuático, otorrinolaringoscópico, metistofélico y apocalíptico”.
Este texto se lo aprendió de memoria Antonia en menos de una hora cuando contaba con 7 u 8 años. Eran los retos que le proponía su padre, consciente de la gran memoria e inteligencia de la hija; para luego presumir con sus invitados en los saraos que organizaba en su restaurante… el más importante de la pequeña ciudad.
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Antonia se convirtió en una mujer muy hermosa físicamente. Pero su principal belleza consistía en la pureza de su espíritu, la alegría que irradiaba toda ella, su bondad, su inteligencia y sobre todo en que poseía una inocencia inusual… nunca veía maldad en nada de lo que la rodeaba.
Salía todas las tardes con sus dos amigas del alma Celia y Chiruca -a las que adoraba como si fueran hermanas- a pasear por el Cantón de la Plaza cuando, en uno de estos paseos se les acercó un apuesto joven al que conocían de vista y del que se comentaba en la pequeña ciudad que se trataba de un artista muy bohemio que estaba triunfando con la pintura en Madrid.
Entre risitas, las tres amigas escucharon lo que el pintor le decía a Antonia:
– Me pareces preciosa. Me gustaría pintarte un retrato. ¿qué me contestas?
Ruborizada, Antonia sólo se atrevió a balbucear:
– Pues… no sé. Tengo que preguntárselo a mi padre…
A la hora de la cena con sus cinco hermanos, sus padres y la tía Balbina, la joven comentó la proposición que el pintor le había hecho aquella tarde. Don José que normalmente se dejaba camelar por la dulzura y zalamería de su hija, esta vez montó en cólera y gritó:
– Pero ¿tú sabes lo que me estás pidiendo? ¿no te das cuenta que estos artistas de pacotilla pueden pintar tu cara y después añadir un cuerpo desnudo o lo que les de la real gana? ¡Dile a ese pintor de brocha gorda que si tiene ganas, puede venir a pintar la fachada de nuestra casa de San Fernado, que le hace buena falta!
Antonia con lágrimas en los ojos terminó su cena y pidió permiso para acostarse.
Su padre entró a arroparla y darle el beso de buenas noches diciéndole:
– Eres una chica preciosa en todos los sentidos. La fotógrafa Mary Quintero lleva días pidiéndome que le deje fotografiarte. Mañana le diré que puede hacerlo… sería una pena que no quedara constancia en este mundo de algo tan hermoso y dulce como tú. Duerme bien, hija…

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Una historia casi real (2)

No tendría Antonia más de 5 ó 6 años cuando convenció a una vecinita de su edad para subir a jugar a un solitario vagón estacionado en una vía muerta de la estación de San Clodio. Antonia era la que haría de maquinista –como no- para viajar a todos esos lugares que ella imaginaba a diario, de una manera tan intensa que casi no discernía si en realidad los había visitado o no.

De repente un fuerte traqueteo acompañado de un gran estruendo balanceó el vagón de tal manera que despertó del ensimismamiento a las niñas e hizo que se acurrucaran en una esquina de este, inmovilizándolas de tal manera que no gurgutaron hasta su llegada a la estación de Monforte, donde el Jefe reconoció a Antonia como la hija de su colega de la estación de San Clodio e hizo la pertinente llamada para que las fueran a rescatar…

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Y entre anécdotas como esta transcurrió la vida de este ser especial. Sus padres nunca la castigaron… Para eso ya estaba la tía Balbina, que la perseguía con la escoba para hacerle entender como tenía que ser el comportamiento de una “señorita”. En una de estas, Antonia y su hermana pequeña -María Luisa- se escondieron bajo una mesa camilla. Antonia se encargó de colocarse detrás de su hermana. Mientras la tía blandía su escoba a tientas cayéndole todos los escobazos a la pequeña de las niñas, Antonia gritaba “¡Ay!” a cada golpe que recibía su hermana. Y cuando la tía Balbina consideraba finalizada la faena, las niñas salían de su escondrijo y la señora aún le propinaba el último sopapo a María Luisa, diciendo: – ¡Y esto para ti, que no recibiste nada!

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Ya más mayorcita -con 9 ó 10 años- Antonia salió un día de su casa en la calle San Fernando de Lugo. Había quedado con unas amigas para pasear por la Plaza Mayor y la calle de la Reina –como se hacía en aquella época- y después sentarse a merendar en una de las terrazas de la Plaza. Era sábado y, como todos los sábados su padre le había dado un duro.

Antonia tenía la costumbre de salir un poco antes de la hora acordada y hacer una visita en la Catedral, al San Antonio ubicado a la izquierda según se entra por la puerta orientada a la Plaza de Santa María. Desde pequeña y seguramente por su fecha de nacimiento, era muy devota a este Santo conocido por su debilidad por los animales, especialmente los cerdos.

Estando la niña arrodillada pidiendo por sus preocupaciones, le pareció ver como San Antonio movía sus labios y le decía:

Antonia… dame las cinco pesetas, Antonia dame las cinco pesetas…Antonia… dame las cinco pesetas…

Desconcertada, Antonia se levantó y salió apresurada del templo, pero llegando a la plaza donde había quedado con sus amigas, los remordimientos empezaron a torturarla y no tuvo más remedio que volver junto al Santo y comprobar que este seguía empecinado con la petición. Seguía con el movimiento de labios diciendo claramente:

Antonia… dame las cinco pesetas, Antonia dame las cinco pesetas…

No habiendo ya duda de la realidad, sacó el duro y lo introdujo en el cepillo para a continuación coger el camino de vuelta a casa… la merienda se había ido al traste…

Su padre sorprendido al verla llegar tan temprano, le preguntó:

¿qué pasó Toñi? ¿Cómo es que regresas ya?

La niña contestó:

San Antonio me pidió el duro que llevaba, y se lo he dado… y por cierto… en el portal hay un cerdo que cojea de una pata.

Don José bajó hasta el portal y allí vio el animal del que le había hablado su hija. Muy sorprendido, metió al animal en la carbonera y le puso de comer y beber, dirigiéndose a continuación a la Iglesia de San Froilán –próxima a su edificio- para comunicar el hallazgo al párroco y que este lo anunciara en los oficios por si tuviera dueño en el barrio… dueño que nunca apareció… cosa normal ya que no había ninguna cochiquera en el entorno…

Durante algún tiempo Don José, cada vez que su hija salía de casa bromeaba con ella y le decía:

¿Vas a visitar a San Antonio? Pues toma… ¡llévale cinco duros!